El masivo sistema frontal que por estos días azota a gran parte del territorio nacional ha vuelto a poner en jaque no solo la estabilidad del tendido eléctrico, sino también la nula capacidad de respuesta humana de las empresas distribuidoras. A lo largo de Chile, miles de hogares enfrentan cortes de suministro y, al mismo tiempo, un muro tecnológico que les impide reportar la emergencia de manera efectiva.
Este calvario, que se repite de norte a sur, tiene un reflejo dramático en la región de Valparaíso. En el cerro Playa Ancha (específicamente en el quinto sector), los vecinos acumulan más de seis horas sin luz luego de que un transformador explotara en la calle debido a las violentas ráfagas de viento. Sin embargo, para las familias del sector, el verdadero problema empezó después del estallido: al intentar comunicarse con Chilquinta, se encontraron con la misma barrera de contestadoras automáticas y asistentes virtuales que hoy esquivan a los clientes en todo el país.
Lejos de agilizar la ayuda, la automatización se ha transformado en un obstáculo insalvable en momentos de catástrofe. Quienes llaman por teléfono son atendidos por grabaciones de voz robótica y entrecortada que, de forma casi incomprensible, deletrean direcciones antes de arrojar plazos de reposición que no se cumplen. Por WhatsApp, los chatbots repiten respuestas programadas incapaces de entender urgencias complejas, mientras que las denuncias ingresadas en la web quedan en un limbo digital que supera las cinco horas de incertidumbre.
“Es como hablar con la pared”, relatan los vecinos, evidenciando una exclusión que golpea directamente a los más vulnerables.
Esta digitalización forzada no representa un avance, sino un retroceso en el acceso a servicios básicos. En Playa Ancha, varios adultos mayores relataron lo imposible que resulta comunicarse con la compañía. Sin un teléfono inteligente a mano, sin saldo para datos móviles o simplemente sin entender cómo interactuar con una aplicación, sus reclamos no entran al sistema, invisibilizando su situación ante las cuadrillas técnicas. Para ellos, la respuesta automatizada es sinónimo de abandono.
A esto se suma el descontento por el costo de la vida. “Suben y suben las tarifas, pero el servicio es cada vez peor”, se quejan los afectados. Para la comunidad resulta inaceptable que, en medio del proceso de alza de las tarifas eléctricas en todo el país, las distribuidoras sigan recortando sus recursos destinados a la atención humana y telefónica de emergencia. En pleno temporal, la falta de suministro eléctrico molesta, pero la desconexión y la indiferencia a la que las empresas someten a sus clientes indigna el doble.






















